INVESTIGACIÓN MÁS ALLÁ DE LA PROPAGANDA

MASCARILLA

¿UNA CÁMARA DE GAS PERSONAL?

El dióxido de carbono es un neurotóxico mortal que la ciencia y la justicia utilizaron como agente venenoso en las primeras cámaras de gas en la década de 1920. Desde hace años se tienen registrados sus  fatales efectos a muy bajos niveles de concentración, y recientes estudios médicos confirman las graves  secuelas que genera  inhalar de forma prolongada este peligroso tóxico que nuestro cuerpo naturalmente excreta.

El dióxido de carbono es un neurotóxico mortal que la ciencia y la justicia utilizaron como agente venenoso en las primeras cámaras de gas en la década de 1920. Desde hace años se tienen registrados sus  fatales efectos a muy bajos niveles de concentración, y recientes estudios médicos confirman las graves  secuelas que genera  inhalar de forma prolongada este peligroso tóxico que nuestro cuerpo naturalmente excreta.

21-03-2022

Transcurrido dos años de la implementación obligatoria del uso de la mascarilla que nos ha forzado a inhalar dióxido de carbono en nombre de la prevención y la salud, ya es tiempo que pongamos los conceptos en su debido lugar, porque sostener esto es tan absurdo y contraproducente como cuando en las décadas de 1920 a 1950, los médicos más prestigiosos, la Prensa y la TV, recomendaban que fumar cigarrillos traía múltiples beneficios para la salud. [1] Como era lógico de esperarse, y tal como lo denunciaron en su momento otros médicos y científicos (que no eran de elite, que no recibían abultados cheques ni glamur en las revistas de ciencia, y que también en su momento fueron desestimados por argumentar con evidencia y sensatez), que ese adictivo hábito de inhalar humo industrial altamente tóxico, genera múltiples enfermedades graves, y muy lejos de traer algún beneficio para la salud, en la actualidad ocasiona la muerte de 8 millones de personas cada año en el mundo, afectando seriamente la salud de más de 1.100 millones de fumadores en todo el planeta, es decir, es una epidemia [2][2B] (y también una pandemia) que provoca una cantidad de muertes por año 3 veces mayor a las ocasionadas por el Covid en su promedio anual.

Así fue como gracias a las técnicas de Propaganda implementadas por la industria del tabaco, se terminó asociando la inhalación de un tóxico con la ciencia médica de mayor prestigio, y fumar se convirtió en sinónimo de estatus, elegancia y salud, suprema moda que terminó impulsando una epidemia mundial que resultó sumamente rentable para múltiples sectores, y el padecimiento de millones.

“Usted puede conseguir prácticamente que cualquier idea sea aceptada si los médicos están a favor. El público está dispuesto a aceptarlo, porque un médico es una autoridad para la mayoría de las personas, independientemente de lo mucho que sepa o no sepa”.

Afirmaba el periodista y genio inventor de la Propaganda como método de manipulación colectiva, Edward Bernays, [3]  creador de Técnicas Publicitarias que asociaban a las compañías tabacalera con la medicina, “Ciencia-Industria” que nada tenía que ver con la salud ni el saber científico, sino con Grandes Negocios. 

"¿QUÉ CIGARRILLO FUMA USTED, DOCTOR?"

Esta breve reseña histórica que ilustra perfectamente cómo las Técnicas de Propaganda se posan por sobre todo saber, representa una clara analogía de los métodos actualmente utilizados para imponer la mascarilla a través de la autoridad que el médico tiene sobre las personas, independientemente de lo mucho que sepa o no sepa sobre las graves consecuencias que ocasiona inhalar dióxido de carbono durante meses, ni de sus impactantes registros históricos…

Un estudio médico realizado en 2021 en España (de esos que no son noticia en la primera plana ni en las grandes cadenas de televisión) ha demostrado de forma contundente, como era lógico de esperarse, que todas las mascarillas provocan hipoxia (déficit de oxígeno) e hipercapnia (exceso de COen sangre), y también puede causar asfixia mortal. Los efectos se agravan de manera proporcional con el tiempo de uso de la mascarilla ocasionando dolores de cabeza, dermatitis, somnolencia, alteraciones digestivas, calambres, vómitos y diarreas compensatorias, y a una depresión del sistema inmunológico que predispone a una alteración de la microbiota bucal que justificaría las infecciones por bacterias y hongos. [4]

Los efectos sobre los órganos pueden ser innumerables: re-inhalación de virus y bacterias, efectos neurofisiológicos, hiperventilación, hipoxia cerebral, hipoxia cardíaca, hipoxia en sangre, hipercapnia, cáncer, afectación del sistema inmunitario, y muerte súbita. Los investigadores además sostienen que es muy probable que a futuro surjan nuevos efectos adversos, algunos podrían ser irreversibles.

Todos estos efectos fatales pasan completamente subestimados y hasta negados dado que la prevención del contagio lo justifica todo. Lo paradójico es que los profesionales que trabajan en cirugía con tumores de base vírica, desde hace años saben muy bien que las mascarillas no protegen de los virus. Para resguardarse del contagio en el quirófano los cirujanos utilizan aspiradores, equipos de ionización y/o equipos de ultravioleta, es decir, están en pleno conocimiento que las mascarillas no garantizan protección frente a los virus.

Otro estudio revelador que citaremos, evidencia que si nos basamos en los principios más básicos de la física, las mascarillas son ineficaces para bloquear las partículas virales por la sencilla razón de que el diámetro de un coronavirus es mil veces más pequeño que el diámetro de las escamas creadas por los hilos de las mascarillas, por lo que el virus puede atravesar fácilmente cualquier tapaboca.

Hoy ya son cientos de miles de médicos y científicos de todo el mundo que confirman su inocuidad y sus fatales efectos adversos, sin embargo, lo que debería ser noticia mundial sobre salud y prevención, es silenciado, estigmatizado, mientras que el tapaboca sigue siendo mandato…

El Cirujano General de Florida, Dr. Joseph Ladapo, explica que la evidencia resultante de los ensayos clínicos demuestran que las máscaras tienen "Cero Beneficio". Lamentablemente el mundo aún sigue creyendo que estas cosas están salvando vidas.

Este artículo ya está llegando a miles de personas de muchas naciones gracias a tu lectura, discernimiento y acción de compartir.

Lamentablemente y pese al negacionismo generalizado, como no podía ser de otro manera, se está comprobando que el antinatural proceso de alterar el más esencial y vital de los mecanismos fisiológicos a través de la colocación de un trapo que nos cubre nariz y boca, está ocasionando serios efectos adversos sobre nuestro organismo debido a que impide que el oxígeno llegue adecuadamente a nuestros pulmones, grave alteración respiratoria a la que se suma la incorrecta eliminación de dióxido de carbono y los gases derivados de los procesos digestivos, los cuales al ser retenidos por la mascarilla vuelven a ser inhalados, representando todo esto un proceso de auto-intoxicación a múltiples niveles debido a que estamos introduciendo desechos cargados de virus y bacterias que nuestro organismo elimina de forma natural y continua, mientras respiramos normalmente, claro.

Antes de adentrarnos en este esclarecedor trabajo de investigación médica, revisemos algunos datos históricos inquietantes sobre el dióxido de carbono que hasta el momento han pasado completamente desapercibidos, porque de ellos se desprenden antecedentes claves que evidencian cuánta información fundamental ha sido suprimida bajo la narrativa preventiva impuesta por la era Covid.

Desde hace décadas se sabe que el dióxido de carbono es un neurotóxico mortal, tanto, que la ciencia y la justicia 100 años atrás le encontraron un uso muy especial, el de ser utilizado como gas venenoso para ejecutar personas en las primeras cámaras de gas creadas en la década de 1920.

Una cámara de gas es un aparato para matar humanos u otros animales con gas, que consiste en una cámara sellada en la que se introduce un gas venenoso o asfixiante. Los agentes venenosos utilizados incluyen cianuro de hidrógeno, dióxido de carbono y monóxido de carbono. Las cámaras de gas se utilizaron como método de ejecución para los condenados en Estados Unidos a partir de la década de 1920 […] Durante el Holocausto, la Alemania nazi utilizó cámaras de gas a gran escala diseñadas para asesinatos en masa como parte de su programa de genocidio…
Cámara de gas.
Wikipedia [5]

Existen varias cuestiones científicas, sociales y políticas surgidas a principios del siglo XX que inciden directamente en el presente, pero serán analizadas en otra ocasión…

Además de mortal, el dióxido de carbono es un potente depresor del sistema nervioso central. Así lo confirmó el Centro Canadiense de Seguridad y Salud Ocupacional (CCSSO), institución que tiene registrado desde la década de 1990 los efectos en voluntarios expuestos a respirar dióxido de carbono en diferentes concentraciones y períodos de tiempo:

          ¿Cuáles son los principales riesgos de salud asociados con la respiración y el gas dióxido de carbono?

        El dióxido de Carbono (CO2) está presente naturalmente en la atmósfera a niveles de aproximadamente 0.035%. La exposición a corto plazo de CO2 a niveles por debajo del 2% (20,000 partes por millón o ppm) no ha reportado provocar efectos nocivos.

Concentraciones más altas pueden afectar la función respiratoria y provocar excitación seguida por depresión del sistema nervioso central. Altas concentraciones de CO2 pueden desplazar oxígeno en el aire, resultando en concentraciones de oxígeno menores para la respiración. Por lo tanto, los efectos de la deficiencia de oxígeno pueden combinarse con los efectos de toxicidad de CO2.

Los voluntarios expuestos a 3.3% o 5.4 % de CO2 durante 15 minutos experimentaron profundidad aumentada de respiración. A 7.5%, una sensación de inhabilidad para respirar (disnea), ritmo aumentado del pulso, jaqueca, mareos, sudor, fatiga, desorientación y distorsión visual desarrollada. Veinte minutos de exposición a 6.5 o 7.5% disminuyeron el rendimiento mental. Se reportó irritabilidad y malestar con exposiciones a 6.5% por aproximadamente 70 minutos. Exposición a 6% por varios minutos, o 30% por 20-30 segundos, afectaron el corazón, según lo prueban los electrocardiogramas alterados.

Los trabajadores expuestos brevemente a concentraciones muy altas mostraron daño en la retina, sensibilidad a la luz (fotofobia), movimientos oculares anormales, constricción de los campos visuales, y agrandamiento de puntos ciegos. Exposiciones hasta 3.0% por más de 15 horas, por seis días, resultaron en visión nocturna disminuida y sensibilidad al color.

Exposición a 10% por 1.5 minutos provocó parpadeo ocular, excitación y actividad muscular aumentada y contracción. Concentraciones superiores al 10% provocaron dificultad para respirar, audición deficiente, náuseas, vómitos, sensación de estrangulamiento, sudor, estupor por varios minutos con pérdida de conciencia a los 15 minutos. Exposiciones al 30% rápidamente resultaron en inconsciencia y convulsiones. Varias muertes se atribuyeron a la exposición a concentraciones superiores del 20%. Los efectos del CO2 pueden ser más pronunciados con esfuerzo físico, tal como trabajo pesado. [6]

Como podemos observar, la propia ciencia y la historia nos indican que estamos ante un agente tóxico para nada subestimable aunque sea en dosis muy bajas. El dióxido de carbono está muy lejos de ser algo inofensivo, y sus efectos en nuestra salud mental y física no son para nada minimizables, por lo tanto, desde el principio debieron estar seriamente contemplados en el debate médico, científico, preventivo y social, al momento de tomar decisiones que nos exponen durante horas, días, semanas, meses, años, a inhalar este gas tóxico que genera serios daños neurológicos y corporales que se intensifican con la exigencia física, el habla, y el tiempo de exposición. Sin embargo nada de esto fue comunicado a la población.

A dos meses de comenzada la pandemia, en mayo de 2020, envié estos precisos datos registrados a científicos y también a productores, directores, documentalistas y profesionales del medio cinematográfico. Y para mi sorpresa los datos fueron desestimados sin lectura, análisis, ni debate. Y en el caso de los que fueron más allá del silencio, sus respuestas se limitaron a la repetición del comunicado preventivo oficial, el cual nunca ha hecho ningún tipo de mención sobre los fatales riesgos de inhalar dióxido de carbono. La experiencia comunicacional demostró que, si algo no se dice oficialmente, “No Existe”. Así es como con la “simple” omisión, se originan las distorsiones de la realidad y se establece una Nueva “Normalidad” en la que inhalar nuestros propios desechos tóxicos se volvió un símbolo de vida, salud, prevención, moral y consciencia. Y quien se opusiera a esta autointoxicación, pasó a ser señalado como un inconsciente provocador que contagia, volviéndose prácticamente un sinónimo de asesino y un peligroso “anti”.

Veamos ahora qué es lo que han (re) descubierto recientemente los médicos que realizaron este novedoso trabajo de investigación sobre los efectos producidos por esta máscara personal que altera el intercambio gaseoso. Citaremos algunos pasajes de una entrevista realizada en junio de 2021 por la revista española Discovery Salud, la cual durante estos 2 años de pandemia ha realizado una extraordinaria labor divulgativa, y que por supuesto, ha sido estigmatizada con los clásicos calificativos “Anti…” por simplemente informar a la población con datos y estudios científicos genuinos como el siguiente…

Se midieron los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en el interior de los distintos tipos de mascarilla que se comercializan -textil, quirúrgica, FFP2 y FFP3-y en la sangre de quienes las han llevado largo tiempo. El trabajo -titulado Estudio observacional descriptivo. Adaptaciones fisiológicas derivadas del uso de las mascarillas y sus posibles repercusiones en el usuario– concluye asegurando que todas esas mascarillas –sin excepción- disminuyen en boca el nivel de oxígeno (O₂) que entra, y aumentan la cantidad de dióxido de carbono (CO₂). Y el resultado es que pasa lo mismo con los niveles de ambos gases en las arterias, lo que da lugar a una situación de hipoxia y, por ende, a una insuficiencia respiratoria.

Está constatado que un déficit de oxígeno continuado hace disminuir su concentración en sangre mientras aumenta la del dióxido de carbono, algo que a su vez provoca un aumento de la acidez sanguínea (pH) que rompe el equilibrio necesario para el correcto funcionamiento de células y tejidos.

El resultado del estudio fue claro: todas las mascarillas -los cuatro tipos- provocan hipoxia (déficit de oxígeno) e hipercapnia (exceso de COen sangre). Además, si la concentración de oxígeno desciende al 10% y la presión baja de 60 mmHg puede haber asfixia mortal. Así lo expresa el estudio: […] El uso de las mascarillas genera un estado de “hipoxia silenciosa”, peligroso efecto que no produce falta de aliento, y además un aumento de la hipercapnia fisiológica que se agrava de manera proporcional con el tiempo de uso de la mascarilla y podría justificar los dolores de cabeza, dermatitis, somnolencia, alteraciones digestivas, calambres, vómitos y diarreas compensatorias y a una depresión del sistema inmunológico que predispone a una alteración de la microbiota bucal que justificaría las infecciones por bacterias y hongos que nos estamos encontrando estos días en consulta cuyo aumento es llamativo”.

Hablamos con uno de los miembros del grupo de investigadores, la doctora Rosa María Narros, especialista en Medicina del Deporte y Educación Física.

-¿Cómo es que un grupo de médicos decide unirse para hacer un estudio sobre las mascarillas en plena pandemia?

-Porque veíamos en nuestras consultas un serio aumento de trastornos de todo tipo asociados al uso de las mascarillas: dermatitis, conjuntivitis, trastornos de la piel de todo tipo e, incluso, un mayor número de casos de crisis convulsivas en niños epilépticos. Así que empezamos a plantearnos su asociación con la mascarilla, cada uno desde su área de conocimiento; en mi caso como médico del deporte y mi experiencia en buceo y estancias en altitud con déficit de oxígeno.

¿Cuáles fueron sus planteamientos iniciales?

-Cuando decidimos hacer el estudio existía un amplio debate sobre los posibles perjuicios de las mascarillas pero no teníamos datos concretos. Sabíamos -porque nos lo habían dicho quienes trabajan practicando cirugía con tumores de base vírica- que las mascarillas no protegen de los virus. De hecho, en los quirófanos se utilizan aspiradores, equipos de ionización y/o equipos de ultravioleta para asegurarse de que ningún miembro del equipo se contagie. Saben que las mascarillas no son garantía de seguridad frente a los virus.

También sabíamos, por trabajos anteriores, que la alteración de los niveles de oxígeno y dióxido de carbono en nuestro interior puede acabar provocando trastornos neurológicos, entre ellos crisis convulsivas…

-¿Con qué tipo de personas han realizado el estudio?

-Con personas sanas de 6 a 65 años. No queríamos arriesgarnos a que se achacara ningún posible efecto adverso a otras patologías. Entre los adultos había locutores, cantantes, personal de hostelería… Y confirmamos que las mascarillas acaban antes o después provocando un Síndrome de Insuficiencia Respiratoria Tipo 1, incapacidad del sistema pulmonar para satisfacer las demandas metabólicas del organismo que se caracteriza por una presión arterial de oxígeno inferior a 60 mmHg y un aumento de la presión arterial de dióxido de carbono superior a 50 mmHg.

-¿Esa insuficiencia puede llevar a la muerte?

-Sí. ¿En cuánto tiempo? Eso no lo sabemos, pero lo demuestran algunas autopsias efectuadas en Italia, un par de ellas en Alemania y otra en Barcelona en las que están constatadas muertes por hipoxia y desgraciadamente todos eran niños. Hay personas que entran en hipoxia y en unos casos el organismo compensa su déficit de oxígeno y en otros no. Aún no sabemos por qué pero cuando no lo compensa puede llegarse al fracaso orgánico y a la muerte. Además, el problema es que en tales casos no hay un aviso previo. La persona no nota nada, simplemente se desploma. No hay señal de asfixia. Podríamos decir que ocurre como en el Síndrome de Pickwick, enfermedad respiratoria que se caracteriza por niveles bajos de oxígeno y demasiado dióxido de carbono en sangre, aunque en este caso suele darse en personas obesas. Lo inaudito y lamentable es que no podemos hacer autopsias porque están prohibidas; cuando a alguien se le cataloga como afecto de Covid-19 y muere no hay autopsia: el cadáver se incinera.

-¿Qué ocurre entonces cuando utilizamos durante varias horas una mascarilla?

-Entramos en una hipoxia crónica -lo que equivale a una insuficiencia respiratoria tipo uno- a la que el organismo se acaba adaptando, pero eso no quiere decir que a la larga no tenga consecuencias. A corto plazo, salvo el caso dramático de algunas muertes, yo creo que en general la población actúa enlentecida. En un estudio que se hizo en Alemania con pilotos y médicos se puso de manifiesto que cuando usaban mascarillas bajaba su rendimiento y nadie era consciente de ello porque todos estaban en las mismas circunstancias. Es un enlentecimiento tanto físico como intelectual. De hecho en el grupo de profesionales de hostelería que medimos también se quejaron de dolores musculares por la subida de ácido láctico. Insisto: todo esto sin contar los muchos efectos a largo plazo que un déficit de oxígeno puede provocar en la salud.

¿Y a largo plazo cómo podría llegar a influir?

-A nivel intelectual ya se ve en grupos que viven en altura. Todo lo que es actividad mental, cálculo matemático, trabajo memorístico, asociación de ideas, etc., cuesta más trabajo y se desarrolla de forma mucho más lenta que cuando se trabaja con un nivel de oxígeno normal. En los mayores el envejecimiento se acelerará y aumentarán las demencias. En los niños entendemos que se verán afectadas la memoria, la capacidad de cálculo y la capacidad de juicio. Todo esto ya se ha comprobado tanto en la población en general como en trabajadores que desarrollan su labor en situación de hipoxia. Y los efectos físicos en todos los sistemas orgánicos pueden ser innumerables: re-inhalación de virus y bacterias, efectos neurofisiológicos, hiperventilación, hipoxia cerebral, hipoxia cardíaca, hipoxia en sangre, hipercapnia, cáncer, afectación del sistema inmunitario e, incluso, muerte súbita. El caso es que en Medicina del Trabajo están bien documentados los efectos de la hipoxia y por eso la normativa recoge que un nivel de oxígeno en el ambiente laboral por debajo del 19% se considera insalubre y no se debe permanecer en él. Bueno, pues resulta que con las mascarillas nos tienen durante horas con un nivel de oxígeno inferior, incluso por debajo del 6%.

-¿Y qué opinan ustedes de la eficacia de las mascarillas al aire libre?

-La concentración de un patógeno -de cualquiera- es ínfima al aire libre. No puede haber una concentración tan alta como para enfermarnos o intoxicarnos si el sistema inmune está bien. Discovery Salud. Junio 2021.Confirman que las mascarillas son peligrosas para la salud. [7]

Recomendamos leer la entrevista completa realizada por Discovery Salud, porque estos médicos además dieron con un descubrimiento sorprendente, un mecanismo compensatorio que usa el organismo para generar endógenamente oxígeno cuando no obtiene suficiente mediante la respiración. No sabemos si el mecanismo aguanta un año o dos. Suponemos que depende del estado de salud de cada uno o de la intoxicación a otros niveles, pero cuando fracasa no avisa: te desplomas. No hay sensación de asfixia…

Como podemos notar, la evidencia hallada por este estudio es contundente, ¿Por qué no ha sido noticia mundial…?

Para terminar de desenmascarar las dudas sobre la inocuidad de los tapabocas, recurramos a las leyes de la física básica. Veamos lo que nos dice un artículo científico “Mascarillas en la era COVID-19: una hipótesis de salud”, hecho por el fisiólogo clínico Baruch Vainshelboim y publicado en Elsevier Public Health Emergency Collection.

          Las propiedades físicas de las mascarillas médicas y no médicas sugieren que las mascarillas son ineficaces para bloquear las partículas virales debido a su diferencia de escamas [16] [17] [25]. Según el conocimiento actual, el virus SARS-CoV-2 tiene un diámetro de 60 nm a 140 nm [nanómetros (mil millonésima parte de un metro)] [16] [17], mientras que el diámetro de la rosca de las mascarillas médicas y no médicas varía de 55 µm a 440 µm [micrómetros (una millonésima de metro), que es más de 1000 veces mayor [25]. Debido a la diferencia de tamaño entre el diámetro del SARS-CoV-2 y el diámetro del hilo de las mascarillas (el virus es 1000 veces más pequeño), el SARS-CoV-2 puede atravesar fácilmente cualquier mascarilla [25]. Además, la eficiencia de la tasa de filtración de las mascarillas es pobre, oscilando entre el 0,7% en la mascarilla no quirúrgica tejida con gasa de algodón y el 26% en el material más dulce de algodón [2]. Con respecto a las mascarillas quirúrgicas y médicas N95, la tasa de filtración de eficiencia cae al 15% y 58%, respectivamente, cuando existe incluso un pequeño espacio entre la mascarilla y la cara [25].

La evidencia científica clínica desafía aún más la eficacia de las mascarillas para bloquear la transmisión o la infectividad de persona a persona. Un ensayo controlado aleatorio (ECA) de 246 participantes [123 (50%) sintomáticos)] que fueron asignados a usar o no mascarilla quirúrgica, evaluando la transmisión de virus, incluido el coronavirus [26]. Los resultados de este estudio mostraron que entre los individuos sintomáticos (aquellos con fiebre, tos, dolor de garganta, secreción nasal, etc.) no hubo diferencia entre usar y no usar mascarilla para la transmisión de partículas de> 5 µm por gotitas de coronavirus. Entre los individuos asintomáticos, no se detectaron gotas o aerosoles de coronavirus en ningún participante con o sin máscara, lo que sugiere que los individuos asintomáticos no transmiten ni infectan a otras personas[26]. Esto fue respaldado por un estudio sobre la infectividad en el que 445 personas asintomáticas estuvieron expuestas a un portador asintomático del SARS-CoV-2 (positivo para el SARS-CoV-2) mediante contacto cercano (espacio de cuarentena compartido) durante una mediana de 4 a 5 días. El estudio encontró que ninguno de los 445 individuos estaba infectado con SARS-CoV-2 confirmado por la polimerasa de transcripción inversa en tiempo real [27]. [8] [9]

Pese a los miles de médicos y científicos que afirman que las mascarillas no previenen el contagio y son muy perjudiciales para la salud, la tapadera mediática continúa haciéndose eco de una narrativa incoherente que siempre amplifica Miedo por encima de toda lógica. ¿Te has preguntado por qué esto es así?

El Miedo nunca fue ni será sinónimo de consciencia, y los gravísimos efectos psicológicos ocasionados en los niños a causa del miedo infundado son otra clara evidencia de ello.

Durante una entrevista con Cindy Drukier, de NTD, el psiquiatra clínico de niños y adolescentes Mark McDonald, sostuvo que las políticas de encierro y los mandatos de enmascaramiento de la nación crearán una generación de niños que exhiben un coeficiente intelectual más bajo y signos de daño cerebral social. El Dr. McDonald citó en un estudio de la Universidad de Brown, que afirma que encontró que los niños nacidos durante la pandemia tienen un rendimiento verbal, motor y cognitivo general significativamente reducido en comparación con los niños nacidos antes de la pandemia. Las mascarillas, las «escuelas Zoom» y los mandatos de encierros han llevado a la privación general, de contacto social, de no poder ver caras, estar atrapado en casa todo el día, y esto en realidad ha causado daño cerebral a los jóvenes”, sostuvo el experto en psiquiatría infantil.

En otra entrevista, el profesor Carl Heneghan, director del Centro de Medicina Basada en Evidencia de la Universidad de Oxford, citó datos que muestran cómo las restricciones pandémicas y el «miedo que infundimos en los niños» ha llevado al empeoramiento de los problemas psicológicos. [10]

Toda esta cascada de serios daños neurológicos y físicos a causa de un virus cuya tasa de mortalidad ha sido del 0,03%, promedio anual mundial en dos años de pandemia con y sin vacunas, y con una tasa de letalidad global cercana a la influenza, y que para los niños es menos que una gripe, algo que ha sido confirmado por los más destacados epidemiólogos, virólogos e inmunólogos de todo el mundo. Incluso existen estadísticas de la Academia Estadounidense de Pediatría que informa que la tasa de letalidad en los niños diagnosticados con COVID-19, en 44 Estados representó el «0,00-0,22%» y en 7 Estados  el «0,00-0,03%»[11]

Como dijo Zak Ringelstein, profesor y Ph.D. en la Universidad de Columbia, autor de un artículo sobre el daño psicológico de enmascarar a los niños, el cual fue eliminado de la revista Forbes:

“A pesar de la cobertura de noticias sensacionalistas, es más probable que un niño muera por un rayo que por COVID-19”. [12]

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